
¿Alguna vez has caminado a las seis de la mañana por tu ciudad? Puedes sentir como late tu corazon, oyes tu respiracion, tus pasos amplificados, y tienes la impresion de estar invadiendo el silencio sagrado de la noche.
Cuando llegué a esa gran ciudad fue lo primero que hice. Camine un par de manzanas, me sentí como el centro del universo, saboreando la libertad, las posibilidades que se abrian ante mi. Libertad en todos los poros de mi piel.
A las doce del mediodia volvi a recorrer las mismas calles. El ajetreo de la gente, yendo y viniendo, individuos que no se percataban de la existencia de unos y otros. El ritmo frenetico de la ciudad me fascinó, me gustó la sensación de sentirme anonima, casi invisible para el resto del mundo, y ese sentimiento me arrancó una sonrisa.
Baje al metro, las arterias ocultas de la gran ciudad, todo un mundo subterraneo. Andaba un poco perdida pero la marea humana me arrastraba, no necesitaba un mapa, no tenia un rumbo fijo ni un destino y me dejé llevar.
Cuando llegué a uno de los andenes vi como una muchedumbre se agolpaba junto a las paredes, mirando distraidamente periodicos o revista, escuchando musica. Tarde un poco en darme cuenta de que habia policias, informaron sobre un retraso. Nadie pareció preocuparse.
Un instante despues vi como algo se movia abajo en la vias. Un poco asutada pero siempre curiosa me acerque un poco para ver que estaba ocurriendo.
Horrorizada vi como varios sanitarios tapaban un cuerpo inerte. No pude apartar la mirada de la macabra escena. Temblando me acerque a uno de los policias y le pregunte que habia sucedido.
Con mucha indiferencia murmuro algo de una chica que se habia lanzado a las vias.
Fue entonces cuando senti nauseas y un miedo incontrolable. Pocos minutos despues estaba todo despejado y llegó el metro. Nadie preguntó, nadie se lamentó, nadie parecia entender que habia pasado. La vida de una chica habia terminado tragicamente en el corazon de la ciudad, para el resto habia sido invisible, nadie sabia quien era, pero a nadie le interesaba saberlo.
Al dia siguiente cogí un avión para volver a mi pequeño pueblo, el anonimato y libertad que ofrecen las grandes ciudades requieren un sacrificion demasiado importante.
Nunca supe quien fue esa chica, ni porque terminó arrojandose al vacio, pero nunca he podido olvidar al resto de las personas que estaban alli, ninguna de ellas dio señales de estar viendo algo espantoso, a ninguna de ellas les importó esa pobre chica. Todos estaban ciegos.
Libres, anonimos pero ciegos.